domingo, 22 de octubre de 2017

Nada de "compañeros"

Como adelanto de El compañero que me atiende les presento el texto con que Orlando Luis Pardo Lazo contribuyó a la antología:

Nada de "compañeros"             No son compañeros.            Y no nos atienden.            Esos “compañeros”, que durante 25 años “atendieron” a Oswaldo Payá, por ejemplo, fueron los mismos que el 22 de julio de 2012, en una carretera remota de Cuba, cumplieron con la orden de asesinarlo a sangre fría, en un atentado concebido como una operación militar y de inteligencia, necesariamente autorizada al máximo nivel. Es decir, por Fidel Castro, Raúl Castro, y la jerarquía del Ministro del Interior cubano (probablemente también por la del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, pues hay indicios de que se usó un helicóptero militar para desplazar al cadáver de Payá desde el sitio real de su asesinato hacia el sitio del falso accidente de la versión oficial).
            No sería de extrañar que para matar a Oswaldo Payá ese domingo, los verdugos que, justo hasta ese instante eran sólo los “compañeros que lo atendían”, usaran únicamente sus manos. Le partieron la nuca, acaso tras leerle su sentencia secreta de muerte, firmada en nombre de la dirección de la Revolución. Si Payá imploró indignamente por su vida, o si murió como un mártir más del comunismo mundial, es poco probable que lo sepamos nunca. Sus verdugos ya pueden, a su vez, haber sido ejecutados por otros compañeros que se dedican a atender a esos compañeros que nos atienden.
            Así es que no son “compañeros”. Nunca lo han sido.
            Y mucho menos nos “atienden”.
            Nosotros para ellos no tenemos la menor importancia. Ni siquiera nos prestan mucha atención. Para ellos, nosotros somos apenas unos muertos que aún caminan.            El escritor cubano exiliado Norberto Fuentes lo relata tal cual en uno de los libros más repugnantes de la historia de la humanidad, Dulces guerreros cubanos. Norberto Fuentes le pregunta al coronel cubano (y asesino en serie paramilitar) Tony de la Guardia: “¿Qué sientes de una persona antes de ajusticiarla?” Y Tony de la Guardia le contesta, muy parco: “Que ya está muerto”. Entonces Norberto Fuentes, que probablemente también sea cómplice de varios asesinatos políticos en Cuba y en el exilio cubano, parece desconcertarse ante la total falta de humanidad de su amigo Tony de la Guardia, y trata de que el coronel (y asesino en serie paramilitar) se explique mejor: “No, tú no me entiendes. Quiero saber qué piensas de lo que tienes que hacer, sobre este o aquel hombre en específico antes de ajusticiarlo”. Pero Tony de la Guardia es un hombre de pocas palabras y muchos crímenes, como las Parcas: “Que ya están muertos”.
            Por eso mismo, en julio de 1989, los compañeros que atendían al compañero Tony de la Guardia decidieron fusilarlo a tiempo, para que sus muchos crímenes nunca fueran a convertirse en testimonio. Tony de la Guardia, también (por suerte para sus futuras víctimas que nunca lo fueron), ya estaba muerto mientras mataba a sus muertos caminantes.            Como muerto estaba yo antes en Cuba.            Como muertos estamos todos ahora en el exilio cubano.            El martes 24 de marzo de 2009 recibí la Citación Oficial, con sello y cuño del Ministerio del Interior de la República de Cuba. A la hora de la telenovela, sobre las diez y un poco de la noche hueca de Lawton, mi barrio natal en las afueras de La Habana, a donde nunca más volveré mientras me quede vida. Es una decisión personal, testamentaria.
            La Citación era pedacito de papelito barato, impreso con una impresora de cinta de las más antiguas, supongo. Mientras más despótico, más precario es el poder. En Cuba tampoco hacen falta grandes demostraciones de poderío: la gente sabe y siente dónde radica el mal, aunque lo ignoren.            Creo recordar que ni siquiera se trataba de la Citación original, sino de una segunda o tercera copia de papel carbón. La trajo un chiquillo en motocicleta. Dijo llamarse “Reinaldito”. Desde el inicio estábamos, pues, en familia. La cosa quedaría así entre cubanos. Y aquí no ha pasado nada, compañeros. Se trataba apenas de un gesto, otro gesto más, de atención hacia mí. Los intelectuales cubanos de la Isla en ese sentido son muy privilegiados. Fuera de Cuba nadie les presta demasiada atención. Por eso se quejan tanto a cada rato. Por eso a cada rato les da un ataque de falta de protagonismo y entonces venden hasta el alma, con tal de que el Estado cubano les vuelva a prestar aunque sea un poquito de atención. Todos son a la postre tan repugnantes como dulces guerreros cubanos.            Reinaldito nos dijo a mi madre y a mí que no nos preocupáramos, que seguro se trataba de algún malentendido menor. Una cosa de rutina, con suerte. El horror en la Cuba de Castro siempre lo es: un error, una casualidad sin mala intención. Algo que “se les va de las manos” a “los compañeros que nos atienden”. Por lo que, en consecuencia, ni ellos ni nadie tienen por qué sentirse culpables de la represión. Es más, si tú eres un académico norteamericano fascinado con Cuba, mucho menos tienes por qué sentir ningún dilema moral. ¡Aplaude y bien! Ay, y si eres de “origen cubano” (como dice el régimen de los Castros), por favor: ¿qué esperas para hacerte tu selfie sonriente en Casa de las Américas, el CENESEX, el ICAIC, la UPEC o la UNEAC?).
            A todos los efectos, Reinaldito es un santo inocente, y lo digo sin ironías. A su edad es probable que desconozca de los encarcelamientos de manera arbitraria. O de las expatriaciones forzosas de cubanos. O de la muerte que se nos impone con absoluta impunidad. Ese no saber lo humaniza. A mí, ese sí saber me deshumanizó. Porque el daño que te desnuca la existencia es un daño anónimo, un daño casi apócrifo. Un daño que te haces tú mismo a ti, como al descuido. El daño (y espero que ningún intelectual cubano se atreva a estas alturas a contradecirme) nunca te lo hace la Revolución. Eres tú. Es el compañero que eres tú y que no sabe ni cómo atenderse a sí mismo. Te dañas. Pero ya irás aprendiendo a sanar, gracias a los Reinalditos que irán por ti. Hasta tu casa.            Y a los Arieles.            Porque el mío dijo llamarse Ariel. Supongo que por el clásico ensayo Ariel de José Enrique Rodó. Cuestiones de táctica a la hora del operativo. No usaba uniforme, pero dijo poseer los grados de mayor en la inteligencia militar cubana. No sé de qué carajos hablaba ese Ariel. Todavía hoy lo ignoro. Ariel García Pérez, si tomamos en cuenta los datos de la Citación para “ser entrevistado” que Reinaldito me llevó en su Suzuki de estreno la noche anterior. Hasta mi casa.
            Fue al día siguiente. El miércoles 25 de marzo de 2009, a las tres de la tarde. En la estación policial de la calle Aguilera, en mi propio barrio de Lawton. No voy a hacer una transcripción de lo que hablamos esa tarde tremenda. En cualquier caso, hablamos demasiado. Con la muerte no se dialoga, pero eso lo aprendí unos meses más tarde, cuando los compañeros que atienden la muerte fueron matando a los activistas de derechos humanos Orlando Zapata Tamayo (febrero 2010), Juan Wilfredo Soto García (mayo 2011), Laura Pollán Toledo (octubre 2011), Wilmar Villar Mendoza (enero 2012), Harold Cepero Escalante (julio 2012), y Oswaldo Payá Sardiñas (julio 2012). También al empresario chileno Roberto Baudrand Valdés (abril 2010). Esa es sólo mi cronología personal. Hay muchos más en estos últimos años. No por gusto el padre (ex diplomático cubano) de la artista del performance Tania Bruguera así se lo advirtió en su momento: “Raúl no es Fidel; Raúl mata y después te avisa”. (Me pregunto si el hecho de avisarte antes de matar hacía mejor o peor a Fidel.)
            Yo tenía miedo, sí, pero creo que fui valiente de sobra ante mi Ariel (un blancón trigueño de bigotico) y ante otra compañera que dijo llamarse Alina, una pelirroja pecosa que sí vestía el uniforme verde oliva del MinInt, muy entallado, con su blusa de botones abiertos en el escote para que sus senos se asomaran a mí. No dejé de mirárselos nunca. Usé ese punto de mira como mi único punto fuerte durante la sesión. Ellos eran unos violadores. Y yo también era un violador. Seguíamos, pues, en familia.            No me retracté de nada durante el interrogatorio. No era una entrevista, para nada. Fui interrogado con todas las de la ley (al margen de toda ley). Fui dejado solo en una oficina, durante más de una hora. Y fui interrogado otra vez. Ariel no paraba de usar su celular (un modelo viejo). Tal vez me estaba grabando. Yo no pude entrar el mío a la estación policial. Tampoco lo hubiera entrado: era un i-Phone con una tarjeta clandestina de Swisscom (regalo de la muchacha más linda de los cantones del mundo).            En un momento dado, por un detalle que Ariel y Alina deslizaron como al azar, me di cuenta de que habían entrado a mi correo Gmail. Lo habían leído todo. Incluso mi vocación de pornógrafo. No es que yo hubiera sido demasiado sagaz. Es que ellos me dieron la pista precisa, a ver si yo me daba cuenta de que habían entrado a mi correo Gmail. A ver cómo yo reaccionaba de saber que, en ese preciso instante, ellos todavía estaban metidos allí, leyendo a sus anchas.
            Ariel y Alina se dieron cuenta de que yo me había dado cuenta. Notaron enseguida que estaban lidiando con un tipo inteligente. Lo cual fue mucho peor. Pues la inteligencia cubana siempre trata de captar la inteligencia de los cubanos. Y si no puede, entonces tiene el deber de destruir la inteligencia de ese cubano. Y si no puede, entonces tiene el deber de destruir a ese cubano.            Yo pasaría después por todas esas fases de la “atención”, entre marzo del 2009 y marzo del 2013, cuando salí de Cuba para nunca volver (al menos mientras me alcance la vida para no volver).            A las cinco horas, me dio fatiga. Me trajeron agua. Me dio miedo beberla. No la bebí. Trataron de obligarme a firmar un Acta de Advertencia Oficial, en la cual yo mismo debía de incriminarme de estar en un estado de “peligrosidad pre-delictiva”. Dicha Acta constituye, por cierto, un agravante a la hora de cualquier asunto penal. No la firmé. No por una cuestión de principios, sino porque a partir de cierto momento ya todo me daba igual. Me presionaron. Me paré para irme. Ariel me zarandeó con fuerzas y me tiró de vuelta a mi silla, a mi pupitre de pionero, a mi cepo.            Sentí ganas de llorar. Pero no lloré. En ese momento me dio por dejar de hablarles. Y, aunque fui arrestado después tres veces (noviembre 2009, marzo 2012, septiembre 2012), ya nunca les volví a dirigir la palabra a ninguno de esos tipos que están ante ti acaso para calibrar la fuerza que tendrán que hacer un día para desnucarte.            Entonces Ariel trajo a dos policías para que firmaran, como testigos, mi Acta de Advertencia Oficial. Dos negros descomunales. Los dos sonreían. Eran pasadas las ocho de la noche. Estábamos prácticamente a oscuras en el segundo piso de la estación de Aguilera. Sentí una soledad ancestral. Entendí que nadie podría hacer nada por mí en Cuba, ni en ninguna parte. Entendí que los cubanos estamos todos a la mala de Dios y la buena del Estado, en manos de esa compañía de criminales atentos: carroñeros que nos atienden y nos tienden trampas, hasta que un día quien se tiende entonces es nuestro cadáver, tendido en una funeraria sobre las cucarachas de ocasión y bajo la inevitable banderona cubana (ese “buitre cínico y odioso que exhibe las carroñas de su ruina”, al decir del poeta José Manuel Poveda).            Ariel se calmó. Igual ya tenía lo suyo. Había cumplido bien con su primera misión respecto al caso de Orlando Luis Pardo Lazo, yo. En presencia de Alina y de los dos policías entonces me dijo, casi me susurró (tal como imagino a Tony de la Guardia respondiéndole a Norberto Fuentes): “No sé si dejarte en el calabozo esta noche. Contigo está pendiente otra conversación”.            Trabajaba contra mi esperanza. O eso pensé. Yo ya me veía yéndome. Y de pronto él aún ponderaba si debía o no debía dejarme partir. Dependía de él, y de la cadena de mando de sus superiores. Para eso me atendían. Para eso nos atienden a todos, uno a uno, aunque tú te resistas a creerlo así.
            Ariel se lo pensó mejor. Tuvo piedad de mí, como buen compañero al fin y al cabo. Ariel me miró. Me dijo: “Mírame”. Levanté la vista del entreseno de Alina. Ella respiró aliviada (mi pequeña victoria de violador). Ariel me confesó, ya en familia: “¿Sabes lo que pasa? Que seguro tú no trajiste condones, así que mejor no te dejo dormir aquí”.            Un mayor de la inteligencia militar cubana me estaba amenazando con una violación. Permítanme repetirlo tal como lo pensé en aquella oficinita en penumbras. Un mayor de la inteligencia militar cubana me estaba amenazando con partirme y bien partido mi culo.            Entendí entonces exactamente de qué había estado hablando durante cinco horas mi Ariel (Alina apenas asentía y tomaba notas, igual podía ser una estudiante en entrenamiento: mis disculpas, compañera). Ariel García Pérez, según su nombre completo consta en la Citación Oficial, me estaba haciendo partícipe de un privilegio: saber la verdad, ver la verdad, vivir en la verdad, que siempre será una especie de secreto de secta, un susurro exclusivamente entre los iniciados. Ahora yo era de ellos, uno más de la cofradía del terror cubano como una cosa natural, para nada orwelliana. De hecho, no hay nada más natural que el sexo anal, siendo la idea de que existe un sexo contranatura lo verdaderamente contranatural. De pequeño violador de Alina, yo pasé a ser el gran violado de Ariel. Calibán por culo. Como quien te pone de espaldas en cuatro patas pero enseguida se la piensa mejor. Y decide entonces partirte bien partida tu nuca.            Antes de esa escena de semen y misericordia, como la mayoría de mis colegas, yo sufría de infantilismo intelectual. De no ser por ese momento maravilloso donde la muerte emerge y se extingue hasta la última traza de idiotez idiomática, todavía yo les estaría diciendo al “compañero que me atiende” el “compañero que me atiende”. Pero, por suerte, ya no más. Ni son compañeros. Ni nos atienden.            Sólo los muertos que ya estamos muertos podemos decirlo ahora de corazón:
            Gracias, Ariel.            Gracias, Tony de la Guardia.    Gracias, perversos profetas de la verdad.



sábado, 21 de octubre de 2017

Más sobre "El compañero..."

Diario de Cuba saca nota sobre la publicación de El compañero que me atiende y lanzamiento el jueves 2 de noviembre en la librería Altamira de Coral Gables, en Miami.
Por otro lados la antología alcanzó en su primer día de ventas el lugar 104 entre los libros más vendidos en español de ese monstruo que es Amazon:


Y abajo, como adelanto, les pongo el índice del libro para que tenga una idea más clara de los autores y composición. Si se fijan entre los autores hay miembros de las generaciones y grupos más importantes en Cuba en los últimos cuarenta años: de la generación de Mariel, del grupo El Establo, de Diápora(s), de los Seis del Ochenta, de los que alguna vez llamaron Novísimos, de la Generación Cero.
 

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viernes, 20 de octubre de 2017

22 años y una antología


Como cada hoy me toca celebrar un aniversario más de mi partida de mi aeropuerto natal. El aniversario 22 para ser más exacto. Pero no es lo único que tengo para celebrar en estos días. También puedo anunciar la salida de una antología que me ha llevado meses arduos de recopilación, selección, ordenamiento y revisión. Se trata de “El compañero que me atiende” que, como su nombre debiera sugerir, aborda el tema de las relaciones entre los escritores cubanos y la Seguridad del Estado. O el tema más amplio de vivir y crear en un clima en el cual la aparición de “el compañero que me atiende” siempre está a la distancia de un paso (en falso).  Es esta una recopilación de testimonios pero también de relatos ficcionales: cuentos, poesía, teatro, memorias, crónicas, ensayos, incursiones en la literatura fantástica, el humor y hasta en la ciencia ficción. Unas 470 páginas que reúnen textos de 57 autores.

Mi experiencia con este libro ha sido agotadora pero al mismo tiempo reconfortante. Comprobar que tantos años de miedos, desconfianzas y rencores inoculados a generaciones de escritores no han impedido el inmenso acto de confianza mutua, de valor, de honradez y hasta de humildad que significa ser parte de una antología como esta. A todos los autores que participaron les agradezco, una vez más, su confianza. Espero no haberlos defraudado.

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martes, 17 de octubre de 2017

El realismo, socialista y en cuadritos

Por Enrique Del Risco

Las experiencias de una chica germano-americana en una década de vida en Cuba es la materia con la que estaba fabricada la novela gráfica Adiós mi Habana de Anna Velfort. Ya eso bastaría para resultarles interesante a los cazadores de curiosidades etnológicas. Pero lo es mucho más si se precisa que la década en cuestión es la que va desde el año 1962 al 72. O que la chica acompaña a su padrastro norteamericano y a su madre alemana, comunistas convencidos que viajan a Cuba para incorporarse a la última encarnación de la Revolución Mundial. O que la protagonista fue testigo única de aquella pequeña, privilegiada (pero no menos vigilada) sociedad de compañeros de viaje venidos del extranjero en acto de solidaridad revolucionaria. Pero el descubrimiento de la protagonista de su propia homosexualidad convierte Adiós mi Habana en documento excepcional. En historia de cómo funcionó en aquellos años fundadores de todo lo que vendría después el mecanismo de vigilancia y represión a los homosexuales cubanos a lo largo del sistema educativo y laboral cubano: desde menos de un año de la proclamación del carácter socialista del régimen hasta entrado ya en el llamado Quinquenio Gris.
Sin muchas más pretensiones aparentes que las de contar su experiencia vital durante lo que suelen calificar como uno de los acontecimientos más importantes del pasado siglo Veltfort consigue un relato fascinante. Sobre todo si se lo compara con la mayoría de los novelistas que han entrado en dicho período a la caza de esa ballena blanca que es la novela de la Revolución Cubana. Con el más sencillo y directo de los estilos que se limita a seguir las peripecias de la protagonista Veltfort rescata una historia reveladora en su propia elementalidad. La protagonista verá el descubrimiento de su sexualidad convertido en pesadilla y sus romances cubanos en razón de Estado. A todo esto se añade tanto detallismo gráfico documental y narrativo (vale recordar que su autora es también la del blog El Archivo de Connie) que lo convierte en un documento de primera mano de aquellos años tan convulsos como edulcorados por sus cronistas. Allí la ya mitológica noche de las tres Pes con su apresamiento multitudinario de “prostitutas, pájaros y proxenetas” tiene fecha precisa: el 11 de octubre de 1962, apenas tres días antes del inicio de la llamada Crisis de los Misiles. Allí aprendemos que la famosa Operación Hippie con el que recogieron buena parte de los jóvenes habaneros aficionados al rock ocurrió el 25 de septiembre de 1968, días antes de que Fidel Castro proclamara en el octavo aniversario de los CDR que “en nuestra capital […] dio por presentarse un cierto ‘fenomenito’ entre grupos de jovenzuelos[…] influidos entre otras cosas por la propaganda imperialista, que les dio por comenzar a hacer pública ostentación de sus desvergüenzas”.

Llama la atención la frescura con que está contado el relato. La ingenuidad que le evita contaminar al personaje de aquellos días con la experiencia adquirida posteriormente. Más bien ocurre lo contrario. La ingenuidad juvenil parece contagiar el epílogo donde la autora se pregunta por qué fue objeto de una persecución tan enconada por parte de las autoridades “¿Por qué tanta atención sobre una estudiante extranjera sin importancia […]?” para terminar achacando tal encono a las maquinaciones de una conocida. Como si después de diseccionarlo con tal detalle se le escapara una enseñanza elemental de un sistema como el cubano: la de que allí, al igual que con la Cosa Nostra, no hay nada personal. Que la esencia misma de un sistema como aquel consiste en no subestimar nada. En dedicarle la máxima atención a seres mucho más insignificantes que una estudiante extranjera. En cambio y aunque no lo diga directamente queda claro que si bien el castrismo no inventó la homofobia sí puede atribuirse el copyright de su instrumentalización política en la historia cubana. La vieja homofobia que estimulada e ideologizada sirvió no solo para controlar a los homosexuales cubanos sino mantener a toda la población en el trance totalitario de exigir y dar cuentas de lo más íntima de sí. Y de dicha estatalización de lo íntimo emanó buena parte de su control sobre toda la sociedad. Adiós mi Habana es, en fin, un libro muy recomendable. Sobre todo si se trata de hacerle un regalo de cumpleaños a Mariela Castro, tan desinformada, la pobre. 

jueves, 12 de octubre de 2017

Diez años sin Victoria

Hace diez años murió el escritor Carlos Victoria. A raíz de su muerte escribí esta nota:

El escritor Carlos Victoria (Camaguey, 1950- Miami, 2007) acaba de morir. Creo que fue el último de la nunca abundante especie de los monjes literarios cubanos: aquellos para los que la escritura fue un deber sagrado y no un medio para adquirir relevancia social. Se consagraba a ella con la misma convicción y entereza con la que sospecho que ahora se entregó a la muerte, con el gesto resignado y tranquilo con que parecía hacerlo todo. Pero hablar de eso ahora mismo me parece una digresión porque Carlos Victoria fue ante todo una gran persona, de esas a las que da gusto haber conocido aunque sólo sea para comprobar que todavía existen tipos así. No nos habremos visto más de diez veces: una por cada vez que yo visitaba a Miami y él conseguía descubrir que tenía un par de horas disponibles entre el momento en que venía alguien a relevarlo en el cuidado de su madre y su hora de entrada en El Nuevo Herald. Cada uno de esos encuentros con ese ser bueno y sombrío supe disfrutarlo como un regalo especial, como un goce tranquilo que sólo se puede sentir en ocasiones muy contadas y casi siempre solitarias. La muerte de su madre, quien toda la vida había arrastrado una devastadora enfermedad mental y de quien Carlos se había encargado siempre sin considerar ninguna otra alternativa no fue una liberación para Carlos como sospechábamos sus amigos. Fue un golpe durísimo para él, y le dejó un vacío sobre el que gravitó el último tramo de su vida. Nos vimos como un mes después del fallecimiento de su madre y me confesó que era la primera vez que salía de su casa a otra cosa que no fuera a trabajar. Este verano no pudimos vernos. Cuando lo llamé me dijo que al día siguiente sería operado de un cáncer. Si no salía bien –me dejó entrever como quien habla de algo perfectamente natural e inevitable- no estaba dispuesto a soportar la larga agonía que ya había presenciado en algunos familiares. Su vida, tal como la cuentan las notas biográficas que circulan ahora mismo o como se puede derivar de todo lo que he dicho más arriba no fue feliz o ni siquiera, para los parámetros de la mayor parte de nosotros, medianamente tolerable. Sin embargo supo vivirla con la plenitud estoica con que sólo la pueden vivir aquellos hechos de ese material noble y resistente de que Carlos estaba compuesto. Uno de sus primeros textos que leí fue una nota sobre Reinaldo Arenas, compañero de la más trágica de las generaciones cubanas, la generación del Mariel. En ella decía que Arenas era como una catarata y que uno podía admirar una catarata pero no podía ser amigo de ella. Siguiendo una metáfora por contagio podría comparar a Carlos con un río tranquilo -como ese que pasaba por el pueblo de Pessoa- y decir que lo quise –lo quiso cualquiera que lo conoció- todo lo que se puede querer a un río tranquilo. 

Hasta la vista, Columbus*

ESTE ARTÍCULO VERÁ LA LUZ a unos días del Columbus Day de 2017 que no sé si será el último. Y es que por donde quiera el Almirante está siendo declarado persona non grata. O estatua menos grata. La más visible en la ciudad, la que está encaramada en Columbus Circle desde 1905 ha sido puesta en cuestión. Primero fue la alcaldía la que anunció que iba a revisarle los antecedentes penales a las estatuas situadas en la ciudad. No fuera a ser que alguna de ellas correspondiera a personalidades con comportamiento criminal, inmoral o rico en colesterol.
La iniciativa correspondió al alcalde Bill de Blasio, quien llamó a revisar todos los monumentos que puedan ser tomados como “símbolos de odio”. Un poco como Terminator: se trataba de ajustar cuentas con el pasado para proteger el presente. Por supuesto que cuando el alcalde habló de eliminar estatuas no pensaba en Colón. Para los italoamericanos, como el alcalde, Colón es italiano. O sea, intocable. Como Garibaldi o los Corleone. (Sobre todo los Corleone: en parte por ser una familia compuesta exclusivamente por guardaespaldas y en parte por ser personajes de ficción). Pero la concejal Melissa Mark-Viverito, boricua de nacimiento —y, como su nombre lo indica, de pura estirpe taína— no piensa igual. Considera que Colón es “una figura controvertida para muchos” que, como ella, tienen sus raíces en las islas Caribe.
Columbus_Circle_-_Statue
“Cuando tienes que mirar la historia debemos hacerlo de una forma completa y clara”. Y en la versión de la Historia según Mark-Viverito, Colón representó la avanzada del proceso de colonización de América (que es más o menos como la gentrificación a nivel de todo un continente en lugar de un barrio, solo que más sangrienta y menos hipócrita) y del exterminio de los indígenas. (Da igual que Colón no matara indígenas directamente: ante la inocencia inmunológica de los indígenas bastaba toser un par de veces en el Caribe para despoblar islas enteras).

Pero por atrevido que parezca el celo de Mark-Viverito, la alcaldía de Los Angeles ya se le había adelantado. En Lalaland ya han eliminado el Columbus Day para reemplazarlo por el Indigenous Peoples’ Day. No parece la mejor idea del mundo, incluso en la ciudad que nos ha dado a las Kardashians. Es como si para celebrar tu cumpleaños escogieras la fecha en que tu abuela se encontró con su futuro asesino. O a menos con aquel que la contagió con una enfermedad de la que nunca se ha recuperado.
Tal decisión invita a asumir que a) la tan celebrada hispanidad es el nombre comercial de un genocidio y b) que bajo ningún concepto debemos venerar a personas que hayan cometido malas acciones. Y por lo que se sabe Colón era, cuanto menos, bastante marañero. Un tipo que si se encontraba un indígena asumía que era de su propiedad y se lo llevaba como souvenir a España: como cualquier turista que regresa del Caribe con un par de maracas. O que si te le rebelabas mejor que renunciaras a usar gafas o sombrero porque lo mismo te arrancaba las orejas que la cabeza. Literalmente.
Ya sé que 500 años de veneración crean hábitos difíciles de abandonar (y ahí está la Universidad de Columbia y el Distrito de Columbia y hasta Colombia, un país entero nombrado en honor al estornudador de indígenas). Pero es mejor que abandonemos tales hábitos: la nicotina es más adictiva y yo llevo 4 años sin fumar. Rectifico: 4 años y 223 días. Es el momento de abandonar las pésimas costumbres del pasado y reemplazarlos por otras más saludables como comer lechuga y venerar personalidades políticamente correctas.
El único problemilla es que la corrección política se está volviendo tan exigente que se hace casi imposible encontrar a un ser humano que resista en un pedestal más de cinco minutos. Y no hablo de que a los aztecas les gustaba desayunar tacos de corazón de tlaxcalteca o de la predilección de los caribes por el asado de taíno o de que los incas manejaran su imperio con la misma idea de disciplina de un Kim Jong- un. Digo que al paso que vamos no nos quedará otro remedio que condenar a los guanahatabeyes por exterminar jutías, a los apaches por darles a sus niños juguetes que promovían la violencia o a los mayas por no compartir adecuadamente las tareas de la casa.
Si ya no quedara nadie que poner encima de un pedestal no sería un problema mayor. Malo es que tanto empeño moralizante acabe por exterminar el sentido común. Que una comprensión tan elemental del bien y del mal termine reduciendo nuestras neuronas justo a la cantidad suficiente para entender las telenovelas y los discursos del presidente Trump. Y que, llegados a ese nivel, no importe entender la diferencia.

Este artículoo apareció originalmente en la revista Nuestra Voz.

martes, 10 de octubre de 2017

Las puertas

Una semana atrás va a un consulado cubano un amigo escritor. Buen escritor. Lleva sin ir a Cuba más o menos el mismo tiempo que yo, un buen par de décadas. Pero su madre está muy enferma y se siente obligado. Mi amigo desprecia a aquel régimen pero con la misma discreción con que lleva todo en su vida, con la misma lucidez y contención con que escribe. Cuando lo llamaron del consulado entendió que le entregaría en permiso de entrada a Cuba sin más pero el funcionario le comunica que no. Que no le pueden dar, junto con el pasaporte, la llamada habilitación que le permitiría la entrada a su país. Pero que no se preocupe, añade el funcionario. Porque cuando una puerta se cierra otras pueden abrirse y con la mano señala hacia otras puertas imaginarias. El gesto y la ambigüedad son, para mi amigo, muy claros. Un gesto que tantea su disposición a colaborar con ese régimen que desprecia a cambio de lo que debería ser su derecho. Mi amigo le agradece el ofrecimiento pero le dice que no. Que la única puerta que tomará es esa que está a sus espaldas para marcharse a su casa. Y se va.
Todo esto lo cuento por si a alguien se le ocurre preguntarme cuándo pienso ir a Cuba. A mí, que allá ni siquiera tengo una madre enferma.

domingo, 8 de octubre de 2017

El futuro del cerdo

Hoy, que debo presentar el libro de un viejo amigo, recuerdo –como casi siempre que se interceptan amistad y literatura- una escena de El color del verano, novela póstuma de Reinaldo Arenas. Esa que abre el capítulo “Muerte de Virgilio Piñera” de esta manera: “El poeta cerró los ojos, pero el recuerdo de la última novela de Humberto Arenal no lo dejaba dormir. ¿Cómo, se preguntaba el poeta, puede una persona escribir tan mal y ser a la vez mi amigo?”. Pues en el caso del escritor que presento hoy es justo lo contrario. Se trata de celebrar la suerte de ser amigo de alguien que escriba tan bien. Y del estímulo de intentar hacerme digno, con este texto, tanto del libro escrito por un amigo como de la amistad que nos acompaña hace más de treinta años. El motivo de esta celebración es su nuevo libro de relatos “El año del cerdo” donde Francisco García González se confirma como el grandísimo narrador que es. Evito aquí acotarlo entre los cómodos potreros de la literatura cubana, o el de los escritores vivos, o el de los escritores de la provincia de Artemisa residentes en Canadá: un narrador de raza, como Francisco García, se reconoce de lejos, en cualquier conjunción de espacio y tiempo en que le permitan contar sus historias. O al menos es lo que uno le gustaría pensar: tanto por el futuro del acto de contar historias como por el de la capacidad de la humanidad para interesarse en ellas.
De “El año del cerdo” puede decirse que es un libro de primeras necesidades. Los protagonistas de cada una de sus relatos están constantemente urgidos por alguna necesidad elemental. Puede tratarse de la necesidad de encontrar amor y reconocimiento pero sobre todo la de satisfacer las hambres más elementales. Como la del sexo o la de proteínas de origen animal. La apetencia en fin, por la carne, en cualquiera de sus sentidos. Este libro bien pudo llamarse también, El libro de las carnes: la literal, la que se come y la que se ansía y palpa. Pero entonces El año del cerdo hubiera corrido el riesgo de ser confundido con un libro de cocina.
Protagonistas de estas historias pueden ser pacientes de un hospital psiquiátrico un tanto impacientes por perder su virginidad erótica. O puede tratarse de un antiguo aspirante a guerrillero “consumido por dos fantasías”: el de integrar “una revolución que incendiara, si no al mundo, por lo menos a parte del continente” y la de “acostarse con dos mujeres” al mismo tiempo. En las historias de El año del cerdo la carne –cualquiera que esta sea- es el fin último de todos los esfuerzos de sus protagonistas pero, una vez conseguida, se nos revela como pretexto para algo más que no podemos tratar de definir sin parecer rimbombantes. Pero cualquier conocedor de la obra de Francisco se preguntaría, ¿cuál sería la diferencia de El año del cerdo y el resto de su bibliografía? Les recuerdo que dicha bibliografía incluye títulos como “Color local”, “¿Qué es lo que quieren las mujeres?”, “Historia sexual de la Nación” y “Todos los cuentos de amor”. Pero hay en los cuentos de El año del cerdo, sobre todo en los que componen la primera parte, (que el autor titula “La sombra del arcoíris”), una sensibilidad que parece afinarse más que nunca. Una sensibilidad que se afina y se esfuerza por intentar entender todo tipo de tragedias individuales. Tragedias de seres cuya subjetividad solemos ignorar con más ahínco: los locos, los pobres, los mutilados, los homosexuales, los viejos o los niños o cualquier combinación de los elementos anteriores.
Son dos los cuentos que en esa primera parte titulada “La sombra del arcoíris” se relatan desde un punto de vista infantil. Y desde esa perspectiva comprendemos que no tener los conceptos y madurez suficiente para asimilar ciertas experiencias no las hacen menos perturbadoras. Todo lo contrario. Es en estos textos (titulados “Canicas” y “Aguas negras”) donde el misterio de la historia que se relata se hace más estremecedor justo por la ingenuidad con que se aborda.
Será por los años que llevo leyendo la prosa febril y aguda de Francisco o por virtud específica de este libro que descubro en sus insistentes escenas sexuales una revelación. El sexo como antídoto contra milenios de pacatería judeocristiana, de admoniciones contra las apetencias del cuerpo, ese antro en que encierran a nuestras pobres almas para corromperla. A su modo discreto, oculto entre las maromas eróticas de sus personajes, el autor nos viene a decir que es precisamente el sexo, despojado de culpabilidad, un modo de liberación, de purificación. Pero lo que podría limitarse a prédica de hippie recalcitrante en Francisco se vuelve trama compleja, irónica. Francisco nos habla de la ironía que acecha tras cada utopía alcanzada, ya sea un puñado de canicas o la multiplicación de los amantes y los peces (no intento una metáfora: en realidad uno de sus cuentos lo protagoniza un niño pescador). Pero lo que le evita el tono de prédica a este libro y lo convierte en un objeto inteligente es la envolvente sutileza de la narración y su insistencia en recordarnos que en el mundo real no existe nada con la consistencia rotunda y definitiva que asociamos a las palabras “salvación” o “pureza”. Otra manera de decirlo es afirmar que esta primera parte del libro se alimenta de la tensión existente entre deseo y realidad. “Un hombre sin fantasías no existe” afirma el narrador de uno de sus cuentos para enseguida insistir: “Si un hombre pierde el sentido de incluirse en lo imposible está liquidado”. Aunque al final de ese mismo cuento deba resignarse  a conceder que todas las fantasías “son una mierda cuando te las echas encima”.
En la segunda parte del libro el autor nos expone los resultados de una utopía social alcanzada y sobrepasada. Esta parte lleva  el título engañoso de “Ucronías”. Ucronía, es, les recuerdo, un género en el que se describe un mundo desarrollado a partir de algún acontecimiento que sucedió de forma dramáticamente diferente a como ocurrió en realidad. Pero el mundo que describe esta segunda parte de El año del cerdo no es un mundo articulado a partir de hechos distintos al del pasado que conocemos. Es justo lo contrario. “Ucronías” muestra la evolución natural de la realidad en caso de que las circunstancias cubanas actuales se mantengan inalteradas. Un mundo en el que para celebrar el 350 aniversario de la Revolución Cubana será algo más difícil conseguir carne que en los tiempos que corren y habrá, como en el presente, que apelar a fuentes alternativas. O que para festejar el 500 aniversario de los gloriosos Comités de Defensa de la Revolución a los cederistas se les pidan sacrificios algo mayores de los que se les han exigido hasta ahora. Puede ser que las tragedias repartidas entre más toquen a menos pero lo cierto es que el tono al pasar de la primera parte a la segunda cambia notoriamente. Si el de la primera parte era agridulce -moviéndose desde la nostalgia a la desesperación con todos los tonos intermedios- el tono de “Ucronías” es decididamente divertido. Sin dejar de representar el lado ominoso de la realidad no deja de recordarnos su increíble talento para producir ridículo. El absurdo cotidiano del presente convertido en el futuro en querida e inamovible tradición. Piénsese si no en las primeras líneas del relato “Esperando la carreta”:
El inconveniente es que las mujeres se han extinguido hace muchísimo tiempo. Apenas quedan unas quince en todo el planeta. Sin embargo, la buena noticia era que la Cooperativa de Producción Agropecuaria, CPA, “Shakira Gonzalez” sobrecumplía, por quinta vez consecutiva, la emulación a nivel nacional. Y cuando se hablaba de nivel nacional cualquier cosa podía suceder.
O analícese el caso de Yusnavy, “El Naranjero” Martínez, rutilante estrella del béisbol provincial rescatada para el deporte de las huestes de futuros esclavos venidos del oriente:
“La historia de Yusnavy comienza igual a la de tantos jóvenes orientales que contrataban como esclavos para venir a trabajar al oeste. No debemos olvidar que decretar de nuevo la esclavitud ha sido para darle un segundo aire a nuestra economía y, de paso, eliminar el exceso de emigración hacia la región occidental. Por suerte a la esclavitud le siguió la política de exterminio preventivo y selecto, aún más eficaz con el peligroso flagelo de la inmigración.[…] hay que recordar que aquellos tiempos no son como los que corren hoy en día. Era la época en que la gente todavía creía en el humanismo y las utopías, y ¿qué más daba un esclavo más que un esclavo menos?”
Pero por desternillantes e increíbles que parezcan los desafueros literarios de Francisco García González hay algo en sus detalles que nos dicen que no son del todo inalcanzables si Cuba continúa avanzando hacia el futuro al mismo ritmo que hasta el momento. Que para llegar a las ucronías que nos describe García González no tiene que suceder algo dramáticamente distinto sino más bien lo contrario: el mundo que describe Francisco sería consecuencia inevitable de las circunstancias actuales.
Esas imágenes que han aflorado tras el paso del huracán Irma de habaneros sentados, impasibles, a la mesa del dominó con la inundación llegándoles a la cintura o de otros bailando y cantando, enfebrecidos, una conga procaz mientras las aguas podridas les cubren el pecho parecen ser apenas un adelanto del inevitable arribo del año del cerdo. La alerta sensibilidad de Francisco García González se limita a avisarnos de un futuro del que ya no nos asombrará nada e invita a reírnos de él mientras todavía podamos hacerlo.