viernes, 24 de marzo de 2017

Carta abierta



El Nuevo Herald da la noticia. Este es el enlace en change.org para que añada su firma. Aquí la carta completa con las firmas recogidas hasta el momento:

La semana pasada el cineasta cubano Carlos Lechuga anunció que su película “Santa y Andrés” había sido excluida de la competencia del 18vo Havana Film Festival de Nueva York que se celebrará en esa ciudad del 30 de marzo al 7 de abril. No es la primera vez que la película de Lechuga sufre censura. Ya el pasado diciembre había sido vetada del Festival de Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, Cuba. Tal exclusión, aunque injustificada, obedecía a cierta lógica: “Santa y Andrés” muestra la represión y el hostigamiento contra un intelectual homosexual cubano décadas atrás. De manera que la censura de las instituciones culturales cubanas contra la película de Lechuga venía a confirmar la misma naturaleza represiva del Sistema. Pero si es lógico que en Cuba el régimen rechace su propio reflejo resulta inconcebible que una institución cultural de Nueva York emule a una dictadura. Nosotros, cineastas, artistas y creadores denunciamos y rechazamos enérgicamente que artistas cubanos sean censurados no solo en su país de origen sino también en los Estados Unidos, nación en la que tantos artistas de todo el mundo han buscado refugio frente a la violación de su derecho de expresarse y de crear y difundir sus obras. Si nos provoca repulsa que estas cosas ocurran en Cuba, más intolerable se nos hace que en los Estados Unidos se reproduzcan tales prácticas autoritarias. Mucho más cuando se invoca la necesidad de tender puentes entre ambos países, como ha hecho la directora ejecutiva del festival, Carole Rosenberg, para justificar su colaboración con las autoridades cubanas en la doble censura a "Santa y Andrés”.  Establecer lazos con las instituciones de un régimen dictatorial, al tiempo que se cierra el paso a las voces más críticas y libres del país, no es tender puentes sino trampas a la libertad. Colaborar con los represores es un ataque a la libertad en cualquier lugar y en cualquier tiempo, pero lo es más en Nueva York, la ciudad donde José Martí, el Padre Varela y Reinaldo Arenas y tantos otros intelectuales han vivido y creado libremente. 
Hacemos además un llamado a instituciones privadas y públicas que patrocinan el festival a no financiar prácticas contrarias al espíritu libertario e inclusivo de la ciudad de Nueva York y de la Constitución de los Estados Unidos. 

Orlando Jiménez Leal
Andy García, actor, productor, director
Susana Pérez, actriz
León Ichaso, cineasta
Iván Acosta, dramaturgo y cineasta
Olatz López Garmendía, cineasta
Rolando Díaz, cineasta
Roberto San Martín, actor
Manuel Zayas, cineasta
Tania Bruguera, artista visual
Orlando Rojas, cineasta
Lester Hamlet, cineasta
Alysa Nahmias, cineasta
Paquito D’Rivera, músico
Manuel Castedo, president del Centro Cultural Cubano de Nueva York
Mari Rodríguez Ichaso, cineasta y periodista
Gustavo Pérez Firmat, escritor
Carlos Eire, escritor
Adriana Bosch, cineasta
Manuel Arce, guionista y productor
Camilo Vila, cineasta
Carlos Alberto Montaner, escritor y periodista
Raúl Kim, cineasta
Rosie Inguanzo, actriz
Humberto López y Guerra, cineasta
Rafael Almanza, poeta
Humberto Calzada, pintor
Estela Martinez, cineasta
Didier Santos, cineasta
Reny Díaz, productor
Alina Rodríguez, cineasta
Arístides Falcón-Paradí, cineasta y escritor
Pablo A, Medina, artista visual
Mabel Cuesta, escritora y profesora
Lilo Vilaplana, cineasta
Miguel Sirgado, periodista y editor
Pedro Monge Rafuls, dramaturgo y editor
Iraida Iturralde, poeta
Lourdes Gil, escritora y profesora
Perla Rozencvaig, profesora
Carlos Espasande, director de arte
Alejandro Ríos, crítico cinematográfico
Pablo F. Medina, escritor
David Oquendo, músico
Alfredo Triff, músico y escritor
Aurora de Armendi, artista visual
Eliécer Jiménez, cineasta
Alexis Romay, escritor
Valerie Block, escritora
Carlos Alberto Aguilera, escritor
Lizabel Mónica, escritora
Kenya Dworkin, profesora, escritora, editora
Coco Fusco, artista y profesora
Néstor Díaz de Villegas, escritor, crítico de cine
Luis Cruz Azaceta, artista visual
Alberto Lauro, poeta
Adriana Méndez Rodenas, crítica literaria
Ángel Delgado, artista visual
Elvis Fuentes, curador
Geandy Pavón, artista visual
Gladys Triana, artista visual
Alejandro Aguilera, artista visual
Orlando Luis Pardo Lazo, escritor
Enrique Del Risco, escritor
Alejandro Anreus, crítico de arte
Ana Olema, productora
Maya Islas, poeta
Juan Antonio Blanco, escritor y profesor
Armando Añel, escritor y periodista
Lourdes Zayas- Bazán, profesora
Eduardo Zayas- Bazán, escritor y profesor.
Rudely Cepero, escritor y profesor
Carlos Sotuyo, escritor y profesor
Nils Longueira, crítico de cine
Michel G. Nunez, periodista.
Armando Guiller, escultor
Emilio Sánchez, periodista.
Jorge I. Domínguez-López, escritor, editor
Armando Valdés-Zamora, escritor y profesor
Raúl Duran, actor y director
Ivette Falcón, músico
Boris Larramendi, músico
Clara Morera, artista visual
José Abreu Felippe, escritor
Jorge L. Porrata, escritor
Camilo Hernández, guionista
Ricardo Acosta, editor

sábado, 18 de marzo de 2017

Peloteros Anónimos


Durante más de cuarenta años a los cubanos de la isla les gustaba creer que equipo nacional de béisbol estaba entre los mejores del mundo. Para alimentar dicha creencia estaban los torneos mundiales amateurs donde casi indefectiblemente los cubanos derrotaban a equipos norteamericanos compuestos exclusivamente por universitarios. Tan acostumbrados andaban a la victoria que bastaba un sofocón o hasta una derrota contra alguno de aquellos equipos para hablar de crisis. Se entraba en pánico cada vez que el equipo sufría por alcanzar el primer lugar de cualquier competencia cuando lo cierto era que los mejores jugadores del segundo país con mayor tradición beisbolera se conformaban con toparse con un nivel muy inferior al que le correspondía. Algo así como si a un jugador de baloncesto adulto le bastase con enfrentarse con equipos de categoría infantil para poder creerse Lebron James. (Eso vale incluso para la generación de oro del beisbol post 1959, la de Víctor Mesa, Casanova, Gourriel, Pacheco o Kindelán que luego de peleadas victorias sobre equipos universitarios norteamericanos se les repartían títulos de héroes como a quien se le otorga un título de nobleza por vencer en un tablero de parchís).
Tal creencia comenzó a tambalearse en el 2000 cuando en los juegos olímpicos de Sidney los cubanos cayeron derrotados ante profesionales norteamericanos que ni siquiera jugaban en las grandes ligas. Pero el espejismo reaparecía cuando un equipo cubano derrotó a los Orioles de Baltimore o cuando en el Clásico Mundial de Béisbol del 2006 contra todos los pronósticos una bien aceitada selección nacional derrotó una tras otra a selecciones que apenas entraban en su pretemporada. Solo la inobjetable caída en la final ante Japón le impidió creerse a los cubanos que su equipo era el mejor del planeta. Pero bastaba verse en la tabla de posiciones por encima de los norteamericanos y del temido equipo dominicano para sentirse casi como si lo fuera.
Las pobres actuaciones del equipo cubano en las siguientes ediciones del Clásico así como su reingreso en la Serie del Caribe han terminado por darnos una imagen más realista del béisbol nacional. Sobre todo la participación cubana en la Serie del Caribe, un torneo que antes de 1959 dominaba casi por completo y que ahora gana o, mayormente, pierde. Es en esa competencia, (en la que tampoco el resto de los equipos pueden contar con los mejores jugadores del país, debido a sus contratos con los equipos de Grandes Ligas), donde puede llevarse una idea más o menos clara de cuánto ha decaído el deporte nacional en el último medio siglo. De pasar de ser ―extraoficialmente― la segunda potencia mundial de ese deporte  a ser un equipo más en el Caribe, ese ámbito donde antes solo se veía como rey absoluto.
En estos días ―tras sufrir humillantes derrotas ente Israel (41 en la clasificación mundial) y Holanda― el clamor por un equipo unificado se vuelve casi unánime. Y por equipo unificado se sobreentiende un equipo que reúna a los que hoy todavía juegan en Cuba con los que prestan sus servicios en las Grandes Ligas. O sea, los que hasta ahora se han considerado desertores por parte de las autoridades cubanas y de los que hasta se resisten a admitir su existencia, empeñados en borrarlos de la memoria nacional. Porque mientras la prensa de todos los países que tienen jugadores en las grandes ligas refleja día a día la actuación de estos la cubana actúa como si donde único jugaran béisbol los cubanos es en la isla y ocasionalmente y con permiso oficial, en Japón. Todos insisten en el equipo unificado aunque sepan que un equipo unificado no los llevará a la victoria sino a una derrota más o menos digna. Porque un equipo unificado en el 2017 hubiera incluido más o menos los mismos jugadores que en el 2013 fueron eliminados del Clásico por Holanda. El problema se remonta mucho más atrás: a aquellos tiempos pretendió ser el mejor mediante el subterfugio de mangonear a los pobres jugadores amateurs. Ganaba competencia de ratones y se anunciaba como cabeza de león.
Así del autoengaño épico se fue pasando al delirio y hace mucho que se ha perdido contacto con la realidad. Se invocan viejas glorias que nunca existieron como falsas marquesas invocan collares no menos falsos como si fueran verdaderos. La solución debería la misma del famoso sistema de Alcohólicos Anónimos: empezar por reconocer la realidad y cambiar de forma de vida. Aunque solo se trate de béisbol.      

viernes, 17 de marzo de 2017

This is a message from the Cuban People

Hace unas semanas, cuando se pusieron de moda las parodias de “America First, X Country, second” un buen amigo y gran humorista me envió la suya. Su intención era que yo intentara encontrarle productor en alguna televisión de Miami pero guardando su más estricto anonimato. Ya fuera por trumpismo o falta de sentido del humor (o son uno los dos, diría el Apóstol) la propuesta no encontró quien produjera su versión televisiva. De ahí que decida publicar ahora su texto antes que ya nadie recuerde el sentido original de esta parodia. Espero que lo disfruten.

This is a message from the Cuban People.
Dear Mr. President:
You Americans are the best, but we, Cubans,  are the best too.  You know us. For decades, we have been coming to your country in troves and making you pay for it, so if you need any pointers, let us know. We are the best navigators in the world, anyone can go around the world in one of those billionaire´s yachts , but try to brave the treacherous currents of the Florida Strait in something like this… or this…. And let’s face it: when something´s wrong in the neighborhood, who would you call? Us Cubans! No matter how daunting the task, how unsurmountable the odds… Coca Cola in trouble? Go Cuban! The Cubs have to overcome the Billy Goat curse? Go Cuban! Madonna needs impregnating? Go Cuban! This is Havana, best city in the world… is you are looking for a set for a Terminator sequel that is… with the best cars in the world, American cars, good cars, huuuge cars, not the Japanese or the German junk, total losers… Cars built to last forever, like our Castros … who have the best bodyguards in the world, huuuge bodyguards, bad hombres and if you keep insulting anything with a pulse you are going to need them… and last, but not least, we have the best hookers in the world, no matter what Putin says, ours are the best looking, hottest and best educated prostitutes in the world. They are so good that there is a porn specialty known as “The Cuban” consisting on ... well, better not to get too technical here, and since you seem to be a special needs kind of boy, take a minute, Mr. President, to consider the possibilities: hookers with a medical degree and a scientific knowledge on body fluids … do you get it? What a golden opportunity, what a splash! Finally, Mr. President for you, just for you, we are willing to row  the extra nautical mile and go where no Cuban has gone before meaning… this is so hard… that we are willing to accept that somewhere, somehow, somebody, in this case you, is better than us at something… so, Mr. President, we totally agree that America is first, but, could you let us… pretty please… be second…. Well, maybe not.

Un año cualquiera

Suerte los que lean "1984" como ciencia ficción, como distopía. Porque en la Cuba de los noventas la leíamos como costumbrismo puro. (Claro, me refiero a los que podíamos encontrar la novela que entonces estaba prohibida y ahora está entre los libros más vendidos del año. Así en la descripción de la ginebra orwelliana encontrábamos la de nuestro chispetrén: 
"Tomó de un estante una botella de un líquido incoloro con una sencilla etiqueta que decía: Ginebra de la Victoria. Aquello olía a medicina, algo así como el espíritu de arroz chino"
O en los guisos distópicos de la novela encontrábamos picadillo de soya:
"Empezó a tragar cucharadas del guiso, que contenía unos trocitos de un material substitutivo de la carne"
Si en la Cuba actual de los cambios se puede leer como una crónica del Período Especial es que algo habrá cambiado. Hay cosas que sin embargo parecen no cambiar nunca, como la credulidad y la mala memoria de los compatriotas:
Por lo visto, había habido hasta manifestaciones para agradecerle al Gran Hermano— el aumento de la ración de chocolate a veinte gramos cada semana. Ayer mismo, pensó, se había anunciado que la ración se reduciría a veinte gramos semanales.¿Cómo era posible que pudieran tragarse aquello, si no habían pasado más que veinticuatro horas? Sin embargo, se lo tragaron.

jueves, 16 de marzo de 2017

Contrastes

A una escritora egipcia la invitan a la televisión para que explique que todos los musulmanes no son terroristas. La escritora rechaza la invitación diciendo “Yo no tengo por qué andar explicando mi humanidad”.
Un cineasta cubano hace una película sobre cómo su gobierno acosaba y reprimía a un poeta décadas atrás. Como para demostrar que el paso del tiempo es pura ilusión el gobierno censura la película con la misma saña con que en la película persigue al poeta. El cineasta explica que “desde la primera reunión el 14 de octubre del 2016 con el presidente del ICAIC hasta ahora no he dado ninguna entrevista hablando de lo sucedido” y a continuación se pregunta por qué tratan mal “a los que se portan bien”.
Pareciera que los cubanos ya no sólo tenemos que explicarnos nuestra humanidad sino nuestra mera condición de adultos.

domingo, 12 de marzo de 2017

Jairo Alfonso


El sábado Diario de Cuba publicó una entrevista que le hice al formidable artista plástico Jairo Alfonso residente en West New York, New Jersey:
Apenas marzo y ya el artista visual Jairo Alfonso puede considerarlo un buen año. En este 2017 ya ha sido invitado a participar en la Bienal del Museo de El Barrio. Y empieza a disfrutar de una recién ganada beca de creación de la prestigiosa Pollock-Krasner Foundation, creada en honor de los artistas Jackson Pollock y Lee Krasner para ayudar a artistas emergentes.
Tras desarrollar parte de su carrera en Madrid, Jairo Alfonso en apenas tres años de residir en Guttenberg, Nueva Jersey, ha exhibido su obra en varias exposiciones en todo el país y visto como piezas son adquiridas por importantes colecciones como la Jorge M. Perez Collection, principal donante del Pérez Art Museum Miami. Además, en ese mismo tiempo Jairo Alfonso ha recibido sucesivas becas del centro Guttenberg Arts de New Jersey y de la Marble House de Vermont. Un ritmo frenético para un artista reposado, obsesivo y preciosista.
Háblanos de tu formación. A la distancia de los años, ¿qué crees que te ha sido más útil y provechoso para tu desarrollo como artista? ¿Qué cambiarías siendo tú profesor?Mi primer acercamiento a los elementos básicos del dibujo y la pintura fue en el círculo de interés de artes plásticas en la Casa de la Cultura de mi pueblo natal, Aguacate. Estando allí supe de una escuela vocacional de arte en Güira de Melena en la que luego estudié tres años. Allí se conjugaron el asombro y la ilusión de la edad (12 años) con buenos maestros de Dibujo, Pintura, Grabado, Escultura, y profesores "no convencionales" algunos de los que participaban ya de la atmósfera creativa que se vivía en La Habana. Esa base fue fundamental en mi formación técnica y en mi manera de entender el arte.
De ahí pasé a la Escuela Nacional de Arte donde pude consolidar mi preparación técnica y tuve excelentes profesores, algunos formados en la academia rusa, con un fuerte rigor técnico. Esto es de agradecer en la etapa formativa, donde uno adquiere herramientas tradicionales con las que puedes contar en el futuro desenvolvimiento de tu obra.
La del Instituto Superior de Arte (ISA) fue una experiencia diferente: casi no recibíamos clases técnicas, el enfoque era más hacia la conceptualización de la obra, los talleres de crítica, la confrontación teórica. Muchos de mis profesores eran los protagonistas del arte de aquel entonces y esto fue muy enriquecedor a pesar de que fue una época muy difícil. La crisis económica de los 90, entre otras cosas, afectó mucho el acceso a los materiales de arte.
En total fueron 12 años becado. Solo añadiría clases en las que se nos hubiese preparado para enfrentarnos a temas relacionados con la autogestión y promoción del arte como trabajo. Creo que eso ha cambiado un poco en la actual enseñanza en Cuba, pero en mi tiempo nunca nos dieron las herramientas necesarias para afrontar la realidad después de graduados, todo lo referido al marketing, al networking, y a la proyección como artista en el mundo real. Eso es algo que aún estoy aprendiendo y entendiendo.
[Seguir aquí

viernes, 10 de marzo de 2017

En el medio

Es la vieja compulsión de hablar de algo que todo el mundo ve pero nadie comenta. O lo comentan pero de un modo tan discreto, tan cuidadoso, (como corresponde a estos tiempos) que es como si no existiera. (Son tiempos así, donde lo trivial se convierte en escándalo y de lo esencial se habla de modo esquivo, como si nos resultara terrorífica cualquier profundidad). Hablo de las dos revoluciones del momento. Una se desarrolla en nombre del progreso y la otra en el de los peligros que el tal progreso entraña. O sea, una liberal y la otra conservadora (para usar la terminología norteamericana) o una de izquierda y otra de derechas. Son revolucionarias en lo extremo de sus objetivos, en lo radical de sus medios y en su constante y profundo desprecio por el sentido común y por la realidad. Y lo que las hace revoluciones (no sólo sobre el resto de las corrientes políticas, ideológicas y culturales con las que comparten espacio sino de las anteriores revoluciones que en el mundo han sido) es su carácter esencialmente virtual y retórico.

La revolución progre se propone exterminar todo signo de desprecio o inferiorización hacia  las llamadas minorías raciales, étnicas, sexuales o de cualquier otro tipo. Extirparlos de nuestras mentes sin afectar en lo básico la realidad social o económica en la que ese desprecio se genera. Se trata de no hacer mucho en el plano concreto para mejorar las condiciones de vida de amplios sectores de las llamadas minorías siempre que se elija el vocabulario adecuado para tratarlos, la manera apropiada de representarlos: así se exigirá llamar a cierto grupo con un vocativo más respetuoso aunque se le mantenga a la misma distancia; o se exaltarán formas de vida que nunca les pasará por la cabeza adoptar para sí mismos; o se considera como crimen local lo que en otros lugares, menos favorecidos desde casi cualquier punto de vista, se ve una comprensible costumbre. En fin, se estimulará la marginación y el abuso en nombre del respeto a la diferencia. Así mismo prohíben comparar civilizaciones o formas de vida los mismos que construyen a su alrededor un minucioso engranaje civilizatorio donde cualquier detalle fuera de lugar es considerado una falta imperdonable. Y se considera, por ejemplo, mucho más urgente extirpar la palabra “negro” de los títulos de los cuadros del museo de una ciudad (con la excepción de la pintura abstracta, claro está) que mejorar la vida de los africanos que residen en esta. Pero todo eso es poco comparado con el estado de crispación que se consigue convirtiendo cualquier gesto o palabra inadecuada en agresion o "microagresión", cualquier frivolidad en hiriente "apropiacion cultural", cualquier tipo de intercambio tenso en guerra.  A fuerza de insistir en la potencialidad ofensiva de cualquier palabra hacen de cualquier frase inofensiva una declaración de guerra y del lenguaje mismo un campo de batalla. La propuesta de la revolución conservadora es mucho más sencilla: consiste en el agotador esfuerzo intelectual que entraña denunciar todo lo anterior como una hipocresía y reclamar las antiguas maneras del desprecio como un derecho que se le ha sido negado por demasiado tiempo. Por lo general menos afines a tales sutilezas -sobre todo en su infantería- tienden a tomar con demasiada literalidad el estado de guerra virtual y acercarlo progresivamente al enfrentamiento real.. 

Unos y otros revolucionarios se parecen mucho más de lo que imaginan y se necesitan más allá de lo que están dispuestos a admitir. Los acerca no solo el extremismo, el nihilismo o el abuso sistemático de la lógica y los hechos. Además actúan como si en verdad el mundo fuera lo que ellos dicen que es. Si los neopuritanos progres asumen que su realidad se ha vuelto totalitaria adquieren paranoias dignas de Norcorea (para luego visitar Cuba y agradecer su indigencia tecnológica en nombre de contacto más relajado con su entorno y consigo mismos). O persiguen hasta la exquisitez y la telepatía las manifestaciones de racismo más infinitesimales e inconscientes como si el otro racismo, el elemental y grosero, hubiese sido eliminado hace mucho tiempo. Por su parte cuando los fascistas vegetarianos del siglo XXI deciden sentirse amenazados reaccionan como cristianos perseguidos en tiempos de Diocleciano. En eso unos y otros evidencian una interdependencia y un comensalismo que difícilmente aceptarán. Mientras los progres copian las tácticas medievales de la Inquisición, la denuncia de las herejías y blasfemias, y prohibiciones y censuras a cual más imaginativa e irracional (medidas que han sido el sello tradicional de la reacción) los revolucionarios de derecha adoptan el victimismo y la sensibilidad extrema de que se ufana la progresía. De esos dos engendros que se empeñan en copiarse lo peor de sí mismos no hay predicción que no sean capaces de superar ni modo claro de defenderse: igual que ocurre con aquellos virus forjados en la apacible alevosía de los laboratorios.

De momento ni unos ni otros son mayoría, por mucho que lo pretendan. Pero ¿será por mucho tiempo? Porque la verdadera crisis no es económica ni política. Lo que ha alcanzado un punto crítico es nuestra confianza en las posibilidades y virtudes de nuestra convivencia. Y todo comienza por la destrucción del principal instrumento para hacer posible tal convivencia: el lenguaje, al que de un modo cada vez más sofisticado se convierte en medio de agresión. Justo como en aquellos años en que fascismo y comunismo parecían ser las únicas opciones viables. Por mucho que hayan cambiado los tiempos desde entonces estamos en una situación perversamente parecida. Como antaño, ahora, en medio del fuego cruzado de estos nuevos revolucionarios, es cada vez más difícil mantenerse neutro. O peor, conservarle alguna lealtad a la sensatez y el sentido común que ante la histeria progresiva encontrarán cada vez menos espacio sólido al cual arraigarse. Se pasa con demasiada facilidad de lo risible a lo amenazador y de ahí al zafarrancho de combate. Para ello basta con perderle el respeto por el sentido elemental de las palabras, permitiendo que unos cuantos listillos lo tuerzan y detrás de ellas nos desboquemos el resto, olvidándonos de nuestra mutua (e imperfecta) humanidad. Quizás el mejor antídoto para tal locura sea ese, el recuerdo de nuestras propias e infinitas imperfecciones. Y de que en la base de toda tolerancia está el reconocimiento íntimo de que todos tenemos algo que hacernos perdonar.  Pero cada vez resulta más difícil de mantener el equilibrio y la cordura en medio de la exigencia diaria de definiciones, del partidismo obligado y de la convicción progresiva de que en los extremos está el camino de la perfección y la victoria. Aunque la gran derrotada sea la sensatez.

lunes, 27 de febrero de 2017

Viajes al centro de la nada

En Suburbano, una relectura del famoso viaje de Sartre a Cuba que acaban de publicarme:
Entre los subgéneros que la literatura del siglo XX le adeuda a la Revolución Cubana, sobresale el de los viajes a Cuba. El de viajes de los compañeros de viaje, valga tanto la redundancia como la precisión. O para ser todavía más exacto, llamémosle a este subgénero el de los Libros de Viajes a la Revolución Cubana Escritos por Compañeros de Viaje. Pero si algo llama la atención en el género, incluso más que la abundancia de títulos, es su estremecedora coherencia. Tanto es el parecido entre los textos que se pensaría que esto se debe  a la fidelidad de los textos respecto al objeto que describen. Conclusión un tanto ingenua si se piensa en que la coherencia que otros géneros guardan entre sí no implica que aquello que describen sea más real. Como mismo la presencia de dragones en las novelas de caballería no nos haría suponer que tal especie abundaba en Europa tan sólo seis siglos atrás.
Una anárquica enumeración de las características de este subgénero, sobre todo en sus etapas romántica (1959- 1968) y clásica (1968-1989) podría resultar como sigue: un declarado rechazo a toda interpretación folclorista (para de inmediato sumergirse en lo que entienden como el nuevo folklor revolucionario); profesión de fe revolucionaria o al menos progresista (que luego es confirmada al final del texto); condición del viajero como invitado oficial de instituciones gubernamentales (algo prácticamente imprescindible para poder visitar la isla tras un progresivo cierre al exterior); recorridos dirigidos de forma prácticamente idéntica (Hotel Nacional, fábricas, instalaciones portuarias, escuelas, cooperativas agrícolas, Casa de las Américas, antigua casa del magnate Du Pont en la playa de Varadero, discursos de Fidel Castro); guías altamente calificados (y casi siempre entre lo más conocido de la cultura nacional); constantes citas de carteles políticos, artículos periodísticos, discursos de Castro, poemas de jóvenes poetas y posteriormente, canciones de la Nueva Trova; alusiones a las fuertes campañas de propaganda de las agencias capitalistas que intentarían desmentir lo que describen en sus textos; intercambios de anécdotas sobre el Ché; versiones resumidas e idénticas entre sí de la historia reciente del país; explicación del deterioro de la capital como castigo revolucionario a su antigua condición de prostíbulo yanki. Y así hasta el infinito.
El argumento de estos viajes en lo que he dado en llamar las etapas romántica y clásica resulta casi idéntico. Un escritor o periodista es invitado a participar como jurado en algún concurso literario (de preferencia el Casa de las Américas) o directamente a ser testigo de las transformaciones revolucionarias que se están operando en el país. Casi desde los inicios es enunciada tanto la militancia personal como el deseo de derribar la barrera de propaganda de las agencias de prensa capitalistas que impide conocer la verdadera realidad cubana. A su llegada el viajero es sorprendido por la falta de anuncios comerciales, reemplazados por consignas políticas, el deterioro de la ciudad y la escasez de la iluminación lo cual celebra como una victoria sobre el espíritu de consumo. A continuación el viajero es alojado en un hotel (de preferencia el hotel Nacional) donde entra en contacto con un mundo ya desaparecido cuyas comodidades a un tiempo disfrutan y lo hacen reflexionar sobre todo lo que carecía el pueblo en el régimen anterior. A esto le seguirá un intenso periplo por las obras de la revolución y un encuentro lejano o cercano con Fidel Castro (casi siempre ambos). El breve resumen de la historia cubana ya mencionado explicará la inevitabilidad de la revolución. La mayor parte de los libros estarán recorridos por conversaciones interminables con funcionarios, intelectuales y “gente de pueblo” sobre la revolución, sus logros y perspectivas y la aclaración sobre alguna que otra cuestión incómoda en la que insisten las agencias de prensa. Las respuestas serán casi invariablemente satisfactorias salvo cuando recuerden (por su dogmatismo) al sector más ortodoxo del partido, grupo o religión en el que milita el escritor. Al final del viaje, tras un breve diagnóstico positivo, el escritor terminará haciendo votos por la larga vida de la revolución y recalcará su significado para toda la humanidad.
Tanta uniformidad a través de decenas de textos de autores muy distantes entre sí resulta desconcertante. Si me tomo el trabajo de distinguir dos etapas es por una razón que no sé si considerar significativa. En los primeros momentos los autores provienen de un amplio rango de la izquierda occidental, el diagnóstico sobre el carácter de la revolución es tentativo, y conviven significativos símbolos del pasado que se pretende erradicar con una presencia simbólica relativamente débil de la revolución. En cambio, en la etapa que llamo clásica, los emblemas revolucionarios han hecho desaparecer casi toda competencia simbólica, el pasado puede exhibirse como definitivamente muerto, los recorridos son mucho más controlados y entre los escritores se ha producido un doble proceso de selección natural y artificial a través del que prácticamente sólo son admitidos aquellos cuya fidelidad está a toda prueba.
El fundador
Todos los estudiosos del subgénero cuyo nombre prefiero no repetir concuerdan en que el libro de Jean Paul Sartre Sartre visita Cuba marcará sus pautas básicas. Invitado por el periódico Revolución en 1960 para que diese cuenta de la realidad de la Revolución Cubana el Intelectual Estrella de Occidente acude entusiasmado con su esposa Simone de Beuvoir. Sin embargo en las primeras líneas del texto propiamente de viaje tropieza con un obstáculo desconcertante. Este es justamente el recuerdo de una visita anterior: “Esta ciudad, fácil en 1949 cuando la visité por primera vez, me ha desorientado. Esta vez estuve a punto de no comprender nada. ¿Qué ha confundido a esta mente privilegiada que antes pareció entender tan perfectamente a esa ciudad “fácil”? Después de describir la opulencia del barrio donde se aloja (no tarda en señalar que en su habitación del hotel Nacional “podría caber mi apartamento de París” y que pone el aire acondicionado al máximo “para disfrutar del frío de los ricos”(Ibid.58)) nos da una pista para descubrir el motivo de su desconcierto. Mientras busca la revolución por las calles de la ciudad encuentra que “no había cambiado nada en los últimos once años. O más bien sí: en los barrios populares la suerte de los pobres no me pareció mejor ni peor que antes; en los otros barrios, las señales visibles de la riqueza se habían multiplicado desde 1949. El número de los automóviles se había duplicado o triplicado (…) Cada noche vierte sobre la ciudad un torrente de luz eléctrica”.
Se trata de un desafío a sus teorías sobre las causas de una revolución tercermundista. La ciudad que observa parece mucho más próspera que aquella que conoció once años antes y no le queda otro remedio que atribuir esa aparente prosperidad al régimen anterior, aquel contra el cual se ha elevado esa revolución que ahora aplaude y que, de acuerdo al esquema marxista que Sartre subscribe, una revolución (tercermundista o no) no puede tener otras causas profundas que no sean económicas.
Afortunadamente para Sartre, un par de páginas después de su desconcierto original puede exclamar con alivio: “Empiezo a comprender”.
Hoy, sentado a mi mesa en una mañana sin nubes, veo por las ventanas el tumulto estático de los paralelípedos rectangulares (se refiere a los rascacielos erigidos en la década anterior) y me siento curado de la maligna afección que estuvo a punto de ocultarme la verdad de Cuba: la retinosis pigmentaria. No son palabras de mi vocabulario y hasta esta mañana yo ignoraba el mal que designan. Para decirlo todo, acabo de encontrarla leyendo el discurso que un funcionario cubano, Oscar Pino Santos, pronunció el 1o de julio de 1959.
El término médico, “una enfermedad de los ojos (…) que se manifiesta por la pérdida de la visión lateral” alude a la incapacidad del visitante de superar el deslumbramiento del esplendor habanero y comprender que Cuba es una nación enferma de subdesarrollo. Habiendo comprendido esto ya podrá Sartre desmarcarse de la limitada mirada del turista y reinterpretar la incómoda impresión de su llegada. Ha encontrado en las palabras que le facilita un economista nativo el instrumento para domesticar la realidad, para mordearla a su gusto. Ahora puede digerir el hecho de que, por ejemplo, en Cuba la posesión de automóviles estuviese mucho más extendida que en Europa. “Los cubanos imitaron a los yanquis sin tener sus recursos. Las marcas de autos más caras eran accesibles a bolsillo bastante escuálidos a condición de morir de hambre” (Ibid.66)
A partir de la solución del problema del esplendor del antiguo régimen Sartre podrá dedicarse con tranquilidad a dos tramas que ocuparán buena parte del texto. Una será el recuento de la historia cubana más reciente. La otra consistirá en describir el funcionamiento del subdesarrollo cubano (una economía dependiente de un solo producto, el azúcar; necesitada de importarlo todo de un único mercado, el norteamericano) y en exaltar el empeño del gobierno en llevar a cabo la industrialización prescindiendo de ese único producto. El viaje, en cuanto a testimonio directo de la mirada del visitante, se interrumpe.
La suspensión del juicio crítico lleva a Sartre a caer en contradicciones abiertas e insolubles. Sobre el tema de la reforma agraria, por ejemplo, Sartre hace suyas las palabras del Che Guevara sobre la necesidad de repartir la tierra entre los campesinos. “Si la tierra pertenece a los campesinos hay que dársela. (…) ¿Con qué derecho los pequeños burgueses que no saben nada del trabajo en el campo adoptarían esas desdeñosas precauciones contra los rurales?”. Sin embargo, una lectura detenida de la ley promulgada al efecto le revela a Sartre que la anunciada repartición de tierras no tendrá lugar. (“Releemos el texto de la Reforma Agraria: se ve aparecer allí de pronto, sin ruido, subrepticiamente, la palabra ‘cooperativa’ y la ley no se preocupa en ningún momento por definirla y justificarla”). Para justificarlo ante los ojos del lector acude a uno de los recursos más socorridos en el género cuando se tropieza con un problema de difícil comprensión: se pregunta a una persona responsable y autorizada. Y de inmediato que será respondida con concisión sin que luego se vuelva a mencionar el tema. En este caso la pregunta es:
-¿No sienten [los campesinos] a veces el deseo de repartirse las tierras?
-¿Por qué habían de hacerlo? -me respondieron [sus “amigos cubanos”, intelectuales metidos a especialistas agrícolas]- (…) De padres a hijos, esos hombres nunca han poseído nada, salvo el machete que llevan en la cintura (…) la posesión de la tierra resulta para ellos una abstracción.
El silencio subsiguiente de Sartre aparece como aceptación total de la respuesta recibida. La mirada dócil del viajero frente a un mundo deseado y a la vez distante puede atribuirse tanto a una combinación de simpatía ideológica con la propia dialéctica de todo viaje. Esa distancia de las preocupaciones cotidianas, esa “impresión de abandono pasajero” donde el yo explora nuevas posibilidades provoca en Sartre, como en tantos otros autores una relajación, una distensión en la lógica del discurso que les permite aceptar explicaciones que en sus lugares de origen encontrarían falaces. El resultado es, en este y en otros textos del subgénero, una cadena de apreciaciones y conclusiones que difícilmente podríamos encontrar sobre fenómenos afines en la sociedad donde usualmente se desenvuelven. A esa inhibición de la suspicacia intelectual no escapa Sartre hasta el punto de limitar el despliegue de su nada escaso ego. El yo de Sartre, quizás ante el temor de interferir en la recepción del extraño fenómeno de una revolución tropical, prefiere retroceder, ocultarse. Y si da señales de vida es para notar su desventaja ante la “energía revolucionaria” que sacude el país: “me sentía más viejo que en París” confiesa quejándose a cada momento de su incapacidad física de seguir el ritmo que le imponía el prolijo plan de actividades.
Sartre no escapa a la tentación de viajeros más frívolos. Busca y encuentra exotismo por doquier aunque en su caso el exotismo adquiera una dimensión ideológica. La mayor concentración de esa extrañeza, de ese exotismo que emana del objeto descrito (la Revolución Cubana) la encontramos en la descripción que hace Sartre de Fidel Castro: “De todos los noctámbulos, Castro es el más despierto; de todos los ayunadores, es Castro el que puede comer más y ayunar más tiempo”. El misterio de la revolución justo encuentra su mayor condensación en quien más ayune o menos duerma. Castro ocupará una parte nada desdeñable del libro. Es con él con quien Sartre reanuda la trama del viaje luego de dedicar largas páginas a describir las causas y proyectos de la revolución.
A duras penas Sartre lo sigue en su vertiginoso recorrido por el país, salpicado de encuentros espontáneos llenos de pintoresquismo revolucionario. Cada ciudadano se siente con derecho a abordar al entonces primer ministro, tutearlo y plantearle sus problemas. Sartre anota su energía, la sencillez de sus alojamientos y su propio asombro como observador. Un detalle. Recordemos que Sartre no habla español y muchas veces el traductor no está disponible. Y sin embargo, le resultan suficientes los gestos del primer ministro o el tono de su voz para entender el significado esencial de lo que dice. Esto también vale para los discursos.
Cuando Sartre se ve arrastrado por el líder de la Revolución hacia la playa de Varadero, intenta lo que luego repetirá cada cultivador del subgénero: desmarcarse de la masa turística: “¿Qué pueden importarme a mí esas playas?”, se pregunta. No obstante, la visita a la playa se convierte en una inspección del estado del turismo. Entonces comprende el juego: “haga lo que haga Castro (…) sólo puede ser por varios motivos a la vez”. El siguiente episodio de este tipo resulta igual de revelador. Dos turistas norteamericanos, dedicados a la pesca, los invitan a almorzar. Sartre no oculta su reticencia a hacerlo: “ninguno de nosotros deseaba pasar el día en su compañía”. Pero para sorpresa de Sartre, Castro accede. Le perturba que el Comandante conceda un buen rato de su preciado tiempo a unos gringos no especialmente notables hasta que por fin encuentra, aliviado la explicación: “fascinado, había seguido, no a los hombres, sino a sus cañas de pescar”. Durante las siguientes dos o tres horas Castro se dedica a tratar de aprender a manejar las cañas de pescar ante la impaciencia de los acompañantes que se retiran a esperarlo en otro lugar. Al regresar Castro exclama: “Creo que he hecho buena propaganda”. Donde cualquier otro hubiera visto puerilidad y capricho, Sartre cree captar resonancias de mucho más alcance:
He ahí el hombre. Como ya he dicho, su pensamiento se mueve en varios planos a la vez y lo que en tal o cual nivel es detalle, se convierte en otro nivel, en parte integrante de un todo. No deja de extraer algunas ventajas de ello, y con gran sinceridad, hace ver en las mentes superficiales que sus diversiones pasajeras son, en lo profundo, momentos políticos de la revolución nacional. Pensábamos que se divertía con una caña de pescar nueva, cuando lo que hacía era ganar una escaramuza en la guerra del turismo.
Sobre esta ansia totalizadora concluye un párrafo más tarde: “no es que él posea a Cuba como los grandes hacendados o Batista, no, sino es que él es la isla entera porque no se digna tomarla ni reservarse una parcela”.
Esta identificación entre país y líder facilitará muchísimo la tarea del escritor. Bastará conocer a uno para adentrarse en el otro. Retratándolo a él podrá describir toda la isla. El libro se detendrá en un momento climático, el discurso del Líder Máximo en el entierro de las víctimas de un sabotaje. Este momento coincide con el clímax de su simpatía: “descubrí la angustia cubana porque, de pronto, la compartí”. Entonces justo en las palabras finales del libro se da un curioso giro. Allí donde el autor parece haberse fundido a la realidad cubana, ésta adquiere una significación si no universal al menos europea (¿o son uno los dos?) cuando dice “Los cubanos deben triunfar o lo perderemos todo, hasta la esperanza”. Y en ese tránsito del “ellos” (los cubanos) al “nosotros” se da fe de lo englobador y trascendente de la experiencia. Y allí encontramos en buena parte la clave de la persistencia de la imagen romántica que la izquierda occidental se ha hecho de la llamada Revolución Cubana. Ser una imagen o una realidad (llegados a este punto ya importa poco) cuya materia prima principal es la esperanza ajena. Es difícil encontrar material tan resistente.
Epílogo
Tras el acercamiento norteamericano a Cuba y la muerte de Fidel Castro, releer estas páginas cubanas de Sartre hacen más clara la noción de cierre de una etapa y de un subgénero. A ambos los sostenía la rivalidad entre gobiernos y la habilidad fidelista para avivar esa rivalidad simbólica. ¿No fue Sartre quien dijo en aquel mismo libro que “Si Estados Unidos no existiera, Cuba debería inventarlo”? Estamos a las puertas si no de otro tiempo sí al menos de la aparición de otro subgénero. El de libros de viajes a la Cuba del pre-post-castrismo, un tiempo que empezó hace ya rato y no parece que vaya a terminar en un futuro cercano. Sobre los rasgos generales que ya se vislumbran en este género quizás valdría la pena extenderse en otro artículo que describiera un nuevo espacio de lo previsible. Sobre todo desde el lado norteamericano que ya cae con esa sed de exotismo más sobre nuestras tierras. (Como también es previsible que tras el advenimiento de Trump se le vuelva a atribuir a Cuba una condición de símbolo de resistencia frente al renacimiento del imperialismo norteamericano). Pero nadie espere que, incluso siendo un país incapaz de generar algo por y para sí mismo, Cuba renuncie a su habilidad de adoptar la forma del sueño que la contenga. ¿Y acaso hay mejor definición de paraíso turístico?